Los navegantes demandan marinas sostenibles

El puerto deportivo de Gijón, Asturias, al atardecer. David Álvarez López/Wikimedia Commons, CC BY

 

Martes, 16 de abril de 2024. Según datos de la European Boating Industry (EBI), organización que representa los intereses de la industria de la navegación recreativa, son más de 36 millones de europeos los que navegan de forma habitual por las costas de Europa.

Se consideran viajeros independientes, amantes del mar y las travesías. Utilizan su embarcación como lugar de estancia, medio de ocio y transporte. Por eso, se diferencian de otros turistas en que sus gastos principales son el amarre de la embarcación y el combustible. No suelen gastar en alojamiento –además, las marinas tienen todos los servicios que necesitan, como duchas, agua corriente, luz, lavandería, wifi, etc–.

Para ellos, estos puertos deportivos son el punto de encuentro entre el mar y la tierra. Es donde buscan seguridad para su embarcación, recuperarse para seguir su trayecto, repostar y disfrutar de la vida en la tierra.

Las marinas deportivas y su impacto ambiental
Vista aérea superior de una contaminación del agua. Desastre ambiental por mancha de aceite en el agua del yate. Sandsun/Shutterstock

Estas instalaciones náuticas, además de proveer amarres, mantenimiento y equipamiento flotante, ofrecen un entorno tipo resort –alojamiento, club, tiendas, bares, cafeterías y restaurantes, y otros servicios–. No solo dirigido a usuarios del puerto, sino también a residentes y turistas.

En sus más de 37 000 km de vías navegables interiores y más de 70 000 km de costa, Europa cuenta con un total de 10 000 marinas que ofrecen 1.7 millones de amarres. Se trata de un negocio con alto potencial para la creación de empleo: por cada cien amarres se generan hasta 4 puestos de trabajo directos y más de 40 indirectos.

El problema es que, aunque son relativamente pequeñas en comparación con los puertos comerciales, las marinas tienen el mismo impacto en el medio ambiente que cualquier otro embarcadero de mayor magnitud. Las aguas residuales de los barcos, los vertidos de combustibles o lubricantes y las emisiones de CO₂ son algunos ejemplos.

También, el ruido de los yates y de la propia marina afectan a la vida submarina. Además, las sustancias utilizadas para reparar y mantener las embarcaciones –pinturas anti-incrustantes o productos de limpieza– dañan la calidad del agua, la fauna marina e, incluso, pueden repercutir en la salud humana. Eso sin contar con el alto número de embarcaciones de recreo que se encuentran abandonadas.

Se prevé que en los próximos años crezca la demanda de amarres y, por consiguiente, la presión medioambiental. De ahí la necesidad de aumentar las prácticas responsables en el sector.

Sostenibilidad, un nuevo modelo de negocio
Puerto deportivo de Ceuta. JJ Produccione/ Wikimedia Commons, CC BY

La buena noticia es que existen soluciones a mano para los puertos y los yates. Más de diez tecnologías ya se han probado y prototipado en el sector con resultados positivos. Un ejemplo son los sistemas automatizados de amarre, basados en el uso de ventosas con mando a distancia y brazos de amarre con accionamiento hidráulico. Ahorran tiempo y reducen las emisiones de este tipo de operaciones.

Sin embargo, los incentivos parecen no ser suficientes. Las marinas se enfrentan a decisiones complejas de inversión en materia de tecnología, digitalización y automatización, necesarias para fomentar el ahorro energético, aprovechar las fuentes de energías renovables, reducir la contaminación y los residuos, y velar por la preservación de la biodiversidad (terrestre y marina). Al mismo tiempo, deben garantizar la satisfacción de sus usuarios.

En este sentido, varios estudios afirman que los navegantes tienen altas demandas con respecto a la gestión de los puertos deportivos de escala. Los aspectos que más valoran son la calidad y diversidad de los servicios, la accesibilidad desde mar y tierra, la seguridad y la gestión medioambiental.

De hecho, una investigación reciente, basada en información declarada por una muestra representativa de navegantes europeos, descubre que los usuarios están dispuestos a pagar un precio más alto por el amarre de su barco si las marinas hacen uso de la energía solar en sus instalaciones, eliminan plásticos de un solo uso y reciclan más.

Esto quizá se deba a que sienten la necesidad de compensar su huella ecológica en el mar. Según el estudio citado, estas tres medidas están mejor valoradas por los propietarios de los barcos que otras centradas en la seguridad sanitaria o las tecnologías de la información aplicadas a la gestión comercial de la marina.

Es una información muy útil, ya que revela qué tipo de inversiones en sostenibilidad pueden aprovecharse mejor por las marinas porque representan una oportunidad de mercado. Invertir en ellas es, a la vez, una decisión de marketing y un medio para generar valor al usuario final.

Por otra parte, la obligación de reducir la huella medioambiental no recae solo en los puertos. Los usuarios de los yates deben ser cuidadosos con determinadas acciones individuales. Por ejemplo, las aguas residuales sanitarias o los restos de comida en el mar tienen un impacto desastroso en la fauna. Muchas frutas y verduras están tratadas químicamente y pueden contaminar el agua y a los animales marinos si se tiran por la borda. La responsabilidad compartida, en este caso concreto, significa que la marina debe viabilizar el uso y destino de esa clasificación de residuos que se debe hacer a bordo de las embarcaciones.

Yen E. Lam González es Investigadora postdoctoral en Economía Aplicada, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria; Chaitanya Suárez Rojas, Investigadora posdoctoral en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y CERE - Centre for Environmental and Resource Economics (Suecia), Universidad de Las Palmas de Gran Canaria; y Javier de León Ledesma, Investigador en Turismo y Desarrollo Sostenible, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria

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